La realeza y sus acólitos desde siempre al servicio de los Rothschild.

El diario La Época en su número 8.559, en abril de 1876, hacía referencia al matrimonio entre primos (para variar) de Alberto de Rothschild, heredero del título de Barón de Rothschild en aquel momento, con Bettina de Rothschild, que se había celebrado varías semanas antes. Y nos cuenta que a pesar de haber sido Italia su primera opción para pasar tan enriquecida luna de miel, al final optaron por visitar España, donde todos los lameculos y aristócratas los agasajaron. Contando también un par de anécdotas que demuestran el desprecio por el dinero de los verdaderamente poderosos.

Este recorte de prensa lo podéis encontrar al principio de la tercera columna de la página enlazada a final de esta entrada, no obstante lo copio a continuación:

No hace muchos días que los periódicos de París LE GAULOIS, LE FIGARO Y L’EVENEMENT llenaban  sus columnas con la descripción de un matrimonio celebrado en la nueva sinagoga de la calle de la Victoire.

La novia tenía 18 años; el novio 30; eran primos y pertenecen a dos opulentísimas familias de Viena y de París.

Ella se llama Bettina Rothschild, y es hija del jefe de la célebre casa de banca de la segunda de las dos ciudades: él tiene por nombre el de Alberto, y es el primogénito del barón Rothschild, consagrado también a los negocios en la capital del imperio austriaco.

El primer pensamiento del nuevo matrimonio fue visitar la Italia: después cambió de plan y dio a España la preferencia. 

En Madrid han sido recibidos los jóvenes recién casados de la manera más distinguida y expresiva: Su Majestad el rey y su augusta hermana les han dispensado una acogida honrosa: el Sr. Canovas se apresuró a invitarles a su soirée del sábado; y las principales familias de la aristocracia le han obsequiado con banquetes y otros agasajos.

A propósito de la simpatíca pareja, refería el chispeante Pico de la Mirandola una historia relativa a su abuelo el barón James de Rothschild.

Fue este cierto día a ver a un correligionario suyo, con quien debía tratar de un asunto de grande interés; y cuando se hallaban más entretenidos en la conversación, vino a turbarla un organillo, que según costumbre muy arraigada en París, lanzaba sus ruidosos sonidos desde el patio de la casa.

primos rothschild y el billete de 100 francos– Eche usted alguna moneda a ese hombre para que nos deje en paz; – dijo el barón impaciente a su interlocutor.

Levantándose aquel entonces y empezó a buscar una pieza de diez céntimos, para arrojársela al postulante.

Mr. de Rothschild, que había observado la maniobra, se acercó al israelita y le dijo:

– Démela usted para envolverla en este papel.

Y, en efecto, la lanzó al patio envuelta en un billete de Banco de cien francos.

Esta anécdota me recuerda otra de igual género, de la que fue protagonista una dama española de ilustre alcurnia y de generosos arranques.

Aludo a la duquesa de Benavente, cuya memoria ha pasado hasta los que no la hemos conocido.

Jugaban al tresillo en su palacio un camarista de Castilla, un general y un título del reino, célebre por sus riquezas y su avaricia.

Al concluir la partida, cayósele a este al suelo una peseta, y el buen hombre tomó uno de los candeleros que iluminaban la mesa para buscarla.

– Deje usted la vela, marqués, dijo la duquesa indignada. Yo le alumbraré con alguna cosa mejor.

Y cogiendo un billete de cuatromil reales que tenía delante, le prendió fuego para que el avaro pudiese recobrar su peseta. 

Este rasgo pinta de cuerpo entero a los dos personajes.

ASMODEO

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0000345129&page=4&search=rothschild&lang=es

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